Conjuros contra la tempestad

El cubano espera el vendaval como quien entra al laberinto: en cualquier esquina lo emboscará el minotauro y hay que apurar la cuchillada

‘Huracán de 1846’, en el puerto de La Habana, litografía de Federico Mialhe. (Museo Nacional de Bellas Artes)
‘Huracán de 1846’, en el puerto de La Habana, litografía de Federico Mialhe. (Museo Nacional de Bellas Artes)

De los muchos símbolos que definen al ciclón, prefiero el cangrejo. Lento, giratorio, retrógrado, el cangrejo avanza por una ruta invisible pero tenaz. Nace de la cueva –como los antiguos dioses del viento– y busca el océano. De ambos nos queda el rastro, la huella, y una voluntad difícil de quebrar o predecir.

Quien haya consultado las láminas del célebre Libro de los Peces, escrito por Antonio de la Parra e ilustrado por su hijo en 1787, sabrá que el parecido es exacto. Con trazo rústico pero muy expresivo, las xilografías dedicadas a los crustáceos de la Isla tienen el encanto de un viejo bestiario.

Pinzas amenazantes y ásperas, caparazones nudosos, patas largas como navajas y ojos brillantes, que miran con enigma al lector. Mi ejemplar predilecto es un cangrejo casi albino, con la tenaza izquierda extendida sobre la página. Por una muesca o error en las planchas del grabado, la pinza aprieta –pero en realidad nunca toca– un punto misterioso.

Esa marca parece a punto de estallar, liberando tornados y tempestades. Los surcos de humedad a su alrededor sugieren, a quien tenga tiempo e imaginación, que el Libro de los Peces fue, en efecto, un regalo del huracán.

El ciclón también ha sido llamado "padre de los vientos", "celestial culebra", "rabo de gallo" y –la metáfora es de Lezama– "ojo con alas". Símbolos regresivos y mortuorios, porque vienen del miedo y la experiencia directa del isleño

El ciclón también ha sido llamado "padre de los vientos", "celestial culebra", "rabo de gallo" y –la metáfora es de Lezama– "ojo con alas". Símbolos regresivos y mortuorios, porque vienen del miedo y la experiencia directa del isleño.

Me veo con ocho o nueve años, los parientes a mi lado, en silencio fúnebre. No hay electricidad y un pequeño radio balbucea las coordenadas del ciclón. Alguien toma el aparato en las manos y estira la antena. Sube el volumen: está encima de nosotros.

La casa es de madera y tejas, y por el color del cielo –gris metálico, raspado por las nubes– nadie sabría decir qué hora es. Comienzan las historias, la memoria de otros ciclones, que hablan siempre de alguien que fue elevado por los aires, porque el huracán lo agarró desprevenido en la calle.

A otro le lanzó la casa al abismo, pero tuvo la cortesía de plantársela con todos sus muebles y utensilios en otra región del país, en perfecto orden. También marchaban los personajes míticos: la mujer con aretes de plomo, la señora rolliza e inamovible, el flaco al cual –como las palmas reales– el viento dejaba calvo, pero no lo arrancaba de cuajo.

Y el mejor de todos: el hombre que salió con su carabina a enfrentarse a un tornado, balas y metralla, como un demonio bien abastecido de pólvora.

Cuando la familia se congrega a pasar el huracán, los viejos rememoran fenómenos extraños, de cuando ellos mismos eran niños: trombas, lluvias de sangre, aguaceros que traen peces, gallinas y ratones, pájaros que no encontraron reposo y murieron de cansancio sobre los tejados.

Remedios contra la tempestad había pocos: tijeras y cordones para cortar el viento. Evitar las alturas y los ríos, rezar tales y más cuales letanías. No confiar en la calma, porque puede tratarse del ojo o centro del remolino.

La resistencia de la Isla al ciclón fraguó el movimiento de nuestras contradanzas, la silueta de las ciudades, el amor por los caracoles y el ritual del tabaco, tempestad íntima

Fernando Ortiz, que fue quien mejor comprendió a nuestros huracanes, trazó su mitología. En el libro que escribió sobre el tema –una rareza bibliográfica– señala su ley esencial: los ciclones no se presentan en serie, sino como monstruos aislados. Esa cacería de la serpiente celeste, que se pierde en la memoria de la Isla, convirtió al cubano en un ser tenso y nervioso, pero hábil.

Atento al gallo y a la ausencia de truenos, desconfiado por naturaleza, provisto de trucos y supersticiones, el criollo heredó de los indios una secreta rivalidad contra el ciclón. El cubano espera el vendaval como quien entra al laberinto: en cualquier esquina lo emboscará el minotauro y hay que apurar la cuchillada.

La resistencia de la Isla al ciclón fraguó el movimiento de nuestras contradanzas, la silueta de las ciudades, el amor por los caracoles y el ritual del tabaco, tempestad íntima. Al fumar, ganamos para nosotros el fuego y el viento; el humo sale como un remolino y el ciclón huye, espantado, a la cueva.

Nuestros abuelos nos hacían reír con estas ocurrencias, y así nos quitaban el miedo. El ciclón, un diablo cojo, cangrejo que camina hacia atrás, se iba renqueando hasta el confín de los mares. Y nos dejaba la tierra limpia, fecunda, pulimentada.

Cuando el radio se apagaba y la señal se perdía, en tinieblas el salón familiar –la ventolera nocturna es la peor–, solo la voz de los abuelos en el caserón nos mantenía tranquilos. Era esa voz, esos relatos, la palabra mágica para vencer al ciclón.

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