Crímenes de odio del castrismo

Fidel Castro y el papa Juan Pablo II. (14ymedio)
Fidel Castro y el papa Juan Pablo II. (14ymedio)

Aunque el liderazgo de la Revolución pretendió darle al triunfo insurreccional un cierto cariz religioso y humanista, muy pronto la creencia en otro ser superior se convirtió en el enemigo más temido de la insurrección triunfante, junto al proclamado humanismo verde como las palmas.

Fidel Castro atacó las religiones en Cuba con ferocidad, al igual que hizo con los homosexuales. Él se ungió como el paradigma a seguir, no podía permitir otra religión que no estuviera encarnada en su persona porque, a fin de cuentas, el castrismo es una forma de fundamentalismo místico.

La asistencia a la iglesia se redujo dramáticamente al igual que la membresía a asociaciones fraternales como la masonería. En Cuba se instaló una nueva religión en la que el Dios era Fidel Castro y el "castrolicismo", como la calificara Gerardo Fundora, la verdad revelada.

El régimen impuso valores y normas que se inspiraron en el pensamiento de Fidel y en el marxismo, siguiendo el dogma de que la "religión era el opio de los pueblos". Se atacó a fondo los fundamentos éticos de la sociedad, siendo uno de sus objetivos más importantes las religiones en general, y la Iglesia católica, un blanco clave a destruir, para así construir el nuevo orden prometido.

Fue una experiencia indeleble para los creyentes que en defensa de su fe fueron discriminados, perseguidos, humillados, encarcelados y fusilados, como ocurrió entre otros muchos, con Alberto Tapia Ruano y Virgilio Campanería, quienes antes de morir, gritaron Viva Cristo Rey.

El régimen impuso valores y normas que se inspiraron en el pensamiento de Fidel y en el marxismo, siguiendo el dogma de que la "religión era el opio de los pueblos"

Los ataques verbales contra las religiones fueron muy severos, entre otros, las confiscaciones de escuelas propiedad de Iglesias. Los feligreses fueron acosados sistemáticamente con el resultado de que quienes no tenían una profunda fe cedieron ante la presión.

No obstante, un número importante de fieles, a pesar de que la represión y la discriminación se acentuaban, mantuvieron su compromiso religioso, como fue el caso del joven Arnaldo Socorro, natural de Unión de Reyes, en Matanzas, cuya familia durante su adolescencia se trasladó para La Habana.

Socorro había sido distinguido con una beca para estudiar en el colegio de Belén, donde se incorporó a la Juventud Obrera Católica. El 10 de septiembre de 1961 asistió a una procesión con la imagen de la Santísima Virgen María, Patrona de Cuba, bajó el nombre de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre.

La procesión partiría desde la iglesia de La Caridad, bajo la guía del entonces obispo auxiliar de la Arquidiócesis de La Habana, monseñor Eduardo Boza Masvidal, uno de los más valientes censores del régimen castrista, quien fuera expulsado de Cuba una semana después con otros 130 sacerdotes, por mandato del odiador de oficio.

Arnaldo, decidió participar en la procesión religiosa que indudablemente era una expresión de rechazo al régimen. En el lugar supo que las autoridades habían prohibido la procesión, sin embargo, al igual que miles de personas, permaneció frente a la iglesia para exigir que sus derechos fueran respetados.

Los ataques verbales contra las religiones fueron muy severos, entre otros, las confiscaciones de escuelas propiedad de Iglesias

Cobijado con una imagen de la Virgen marchó a la cabeza de centenares de personas que decidieron seguirle, dando vivas a Cristo Rey, a la Virgen y a la libertad, tal como en ese momento muchos de los jóvenes fusilados por la dictadura lo gritaban frente al paredón de fusilamiento.

El coraje de Socorro no sería respetado por el régimen y sus sicarios. Un esbirro, consciente de su impunidad, descargó una metralleta contra el joven que cayó mortalmente herido.

Tenía 17 años cuando fue asesinado, pero al homicidio se sumó, como afirma el periodista Julio Estorino, "el crimen y el ultraje", al régimen proclamar que el joven asesinado era un revolucionario que había ido al lugar de los sucesos para impedir un acto de los esbirros con sotana, como identificaba Castro a los sacerdotes católicos.

El asesinato le fue achacado al sacerdote Agnelio Blanco quien en el momento de los hechos estaba en la isla de Pinos, otra cruel mentira en la amplia campaña de difamación del castrismo en contra de sus críticos. Ahí no terminó la maldad. Oficiales de la Seguridad del Estado fueron a la casa de Arnaldo Socorro, amenazaron a la familia, lo enterraron como un combatiente asesinado por la contrarrevolución y forjó otro mártir de la patria.

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